recapitular (los 21 son un viaje)

28 abr. 2018

Siempre la dicotomía quedarme-irme, siempre eligiendo huir. El temor, las ideas acaloradas, las discusiones hasta que el sol se esconde. Sí, me gustaría quedarme, ser una voz, empezar a entender cómo funciona ese micro-mundo. Pero también deseo escapar, reformularme, inventarme unos ojos nuevos para poder volver a mirar.


Ya te hablé del miedo, de cómo va creciendo en mis entrañas, de cómo me pide que mi vida permanezca calma, que evite turbar la materia. A veces me pienso rebelde, a veces juego a que me vuelvo valiente: es ahí donde decido mi redención. Me voy.

Este viaje también es un adiós disfrazado de hasta luego, una tensión a punto de explotar. Calmar las aguas, empezar así la travesía, dejar atrás lo conocido. Marinera inexperta, tanto me queda por aprender.

Y, sin embargo, abro las ventanas de par en par y me arrojo a la vida. El alma temblando, tanto tiempo esperando para llegar. Crecer es un poco eso, las lágrimas y el café sola, intentando vivir dentro de otros paradigmas, distintos a los de Mamá y Papá.

Tal vez los kilómetros surtan efecto y todo comience a tomar sentido. Alejarse para comprender, alguien me dijo. También recomponerme, que las piezas encuentren su lugar, que una luz se encienda.

Soplar veintiún velas quizás se convierta en la meta, el momento en el que yo corone el esfuerzo de vivir. También que los tantos años me encuentren transformada, un poco más feliz. Sí, que los veintiuno sean una-chispa-que-nunca-se-extingue.

Siempre el cúmulo-de-proyectos, la lengua incansable, el espacio feliz, la convicción desempolvada. Siempre la rebeldía, el desafío implícito a la vida, a jugarme por una vuelta más. El sueño es el mismo, las estrellas todavía no se apagan.

Y, una vez más, yo sé que alguien me espera (que no sabe que me espera) en esa ciudad distante. La sucesión inevitable de días, una historia que se repite de alguna manera. Crecer, echar raíces, desaparecer. Porque volver, uno siempre vuelve.