rutina

5 ago. 2015

Había un tren y ella esperaba. Parece que calla, que lee, o que pretende parecer (no) aburrida. La gente pasa, baile de hormigas, ella (su nombre es María) deja pasar el día de verano. La escena parece un poco de antes, un poco como de películas de los ’50. Tal vez el ambiente lo dé su vestido blanco, tan poco acorde a estos años, o su mirada ausente de fantasma o ángel.

Cuánta magia de sábado por la tarde, María sabe que amenaza con llover. Hay un libro de Tólstoi y olor a jazmines, pero ya no hay tren. Quizá sean las cinco y quizá llegue en poco tiempo ese algo o alguien que ella espera. Los días son vagos en el pueblo y no queda nadie para recordar las historias de los viejos. Ella no es del pueblo, de todas formas, y aunque lleve la memoria encarnada de los naranjos en flor, no pertenece a ese círculo selecto de personas-que-cuentan-historias-de-los-viejos.

La gente empieza a sospechar de la extraña (que tanto no lo es) y miran, entre susurros y bolsas de compra. "¿A quién espera?" pero lo cierto es que María no entiende porque no habla ese vals de tonadas que es el español. Ella viene de lejos, tan lejos que su lugar se llama Brno y las horas de viaje son infinitas, bella República Checa, hodně štěstí (algo como "buena suerte") y se fue. María no tiene apellido, dicen las malas lenguas, Třeštíková y quién sabe pronunciar eso.

Cinco y media, ella comienza a ver las agujas pasar. Sus dedos juegan con un ritmo en el asiento y ella finge concentrarse en eso. Toc toc, tap tap. A veces se olvida que se aburre y parece divisar otros cielos, otra estación. Allá hay más flores y campos, hay alguien que saluda a lo lejos y jsi krásná, un amor incipiente. Ensoñaciones tibias, ella cierra los ojos con fuerza para no pensar. Promesas a su abuela, porque ella cree que vuelve, Brno y la familia, cerveza y vepřo-knedlo-zelo, cuánto extraña el hogar.

Tal vez comience a nublarse y soplen los vientos del Sur, la gente comience a alejarse y así, por fin sola, esperar. Esperar que alguien llegue, que aparezca, unas margaritas y un par de palabras en checo, tan dulces al paladar. De cualquier manera, ella se arregla el pelo y trata de alisar la falda de su vestido blanquísimo. Se mira las manos, retoca su labial. ¿Después de cuánto tiempo se puede considerar un olvido? María piensa y decide que quizá, durante un año o dos, es prudente esperar.